jueves, 14 de agosto de 2008

El último día de la Feria Internacional del Libro en Lima

Las combis que pasan por la avenida Angamos, demoran en llegar a Jockey Plaza, no por el tráfico, sino porque quieren tener el carro repleto de gente. Uno por uno, sube un ejecutivo, una estudiante, una pareja de ancianos, otra de adolescentes. Todos van al mismo lugar. Pero el carro sigue estacionado en un paradero. La gente se aburre y golpean ventanas y pisan fuerte como señal de que ya quieren estar en Jockey Plaza.

Después de media hora, el chofer acelera: “Oye… ya vámonos”, le dice al cobrador. El carro llega hasta el último paradero: Jockey Plaza.” Último paradero. Último paradero”, lo dice apresurado y prepotente el cobrador. Es un señor con muchas arrugas en el rostro y una espalda encorvada y cansada.

Todos bajan y se dirigen hacia la misma dirección. En el camino, la gente choca con bolsas de Ripley, algunos entran a comer en el KFC. Una imitación del paseo de la fama tiene las huellas de Iglesias, padre e hijo, un cantante salsero y otros artistas nacionales y pocos los internacionales. Pasan desapercibido, la gente sigue caminando y de lejos se ve una carpa azul.

Las gigantografías, que difunden un mensaje sobre la importancia de la lectura, cuelgan en la carpa azul a lo largo y ancho del patio del Jockey Plaza. La entrada cuesta dos soles y las familias y grupos de amigos siguen a los demás hacia el ingreso del local. Un joven con terno amablemente repite:” Por favor, en orden… mostrando sus tickets. Gracias”. Estira su brazo como señal de bienvenida a la aclamaba y discutida Feria Internacional del Libro.

Con chalinas, abrigos gruesos y gorras para cubrir orejas congeladas y pálidas, se entra a lo que, sin mucho esfuerzo, es un mercado. La gente se amontona en cada stand provocando un bochorno en el ambiente. Los niños corren y empujan a escritores aún desconocidos, periodistas que solo se les recuerda cuando lees en los periódicos y admiradores de Mario Vargas Llosa, estos, paseando con sus libros de ediciones de diferentes años. Sí, este domingo se presenta el autor de “Pantaleón y las visitadoras”, a firmar libros y provocar una sonrisa emocionante a cualquiera.

La fila de admiradores crecía desde el stand del sello de Santillana hasta el del Británico, cerca de la entrada de la feria. Otras personas buscaban un autor en especial o se distraían con las portadas originales de algunos poemarios. “¿Tienes algo de Luis Hernández?”, preguntaba un joven universitario, “No – respondía el encargado con una sonrisa - ya se terminó, solo teníamos mil ejemplares para vender y ya se terminaron, pero te doy la tarjeta de la editorial Mesa Redonda –intentando ayudar- aquí puedes pedir… si es que todavía tienen ejemplares“.

En tanto, en la sala Blanca Varela, se presentaban las bases del concurso 20 mujeres que dejan huella… auspiciado principalmente por el restaurante Wa Lok. Jorge Villacorta, Martza Godines y Liliana Kon conversaban quiénes podían ser las mujeres más destacadas a lo largo de nuestra historia. Afuera, interesados leían el horario de conferencias. Eran recién las seis y media y la cola que esperaba que Mario Vargas Llosa le firmara sus libros era larga todavía. “¡Ay! Mira cuánta gente…”, exclamaba una señorita desilusionada por llegar tarde.

Son casi las siete de la noche y una voz en off informaba que abrirían la carpa en el auditorio de Ricardo Palma para que entren 200 personas más a la presentación del libro “Las guerras de este mundo”, una compilación de ensayos sobre la visión de Mario Vargas Llosa. Mientras tanto, él firmaba los últimos libros. Alrededor, el mismo Congreso, universidades y otras instituciones tenían una editorial y obras que mostrar y vender. La embajada de Chile es un stand especial, este año es el invitado de honor; sin embargo contaba con pocos ejemplares de libros interesantes. Además, se instalaron mesas para discutir y leer. Una mujer lo aprovecho bien sentándose con su hija para relatarle un cuento de la Sirenita que había comprado.

No solo se vendían libros en la feria, también se encontraban polos de grupos de rock y metal, posters de Mafalda y otros personajes. “¿Tienes algo de Fontanarrosa?”, preguntaba una muchacha fanática de las historietas latinoamericanas, el hombre que atendía en el stand de Contracultura trataba de acordarse si lo había visto alguna vez: “No… no creo que hayamos traído”. A su lado, los chicos abrazaban su álbum de Pokemón: “Mira papá, me compré este álbum”, el niño de lentes alzaba la voz y el padre miraba con desprecio: “Por esas tonterías hemos venido acá”.

El sello Santillana abrió su stand, la gente que tanto esperó, por fin se encontraba dentro, buscando rápida y desesperadamente el libro que deseaba: Cortázar dibujado en libros de cuentos completos, obras clásicas, Coelho con un lugar especial para sus obras publicadas, y otros autores. Las ofertas eran buenas pero no gratificantes. La fila para pagar en caja invadía cada esquina del stand.” ¿Esta es la cola para pagar?”, “Sí…”, “Chesu… “, “¿Es la cola para caja?”, “Sí, sí”, “Asuuu…”. Todos buscaban el final de ese culebrón.

Por ser el último día, se encontraban ofertas desde las más comunes, veinte por ciento de descuento, hasta las más increíbles, las obras completas de César Vallejo a veinte soles. La cantidad de gente disminuyó, pero no por eso se volvió menos difícil desplazarse por la feria. Dos conferencia habían comenzado: la de Mario Vargas llosa y la de Beto Ortiz con Pedro Lemebel. La primera tuvo gran éxito y la segunda, acogida en el auditorio José María Arguedas, donde se dio una conversación entre Beto Ortiz con el escritor chileno Pedro Lemebel, que fue presentado en el programa de televisión “Enemigos íntimos” la semana anterior.

La mayoría de espectadores fue a ver a Beto Ortiz y no conocía al invitado: “¿Quién es la señora?”, preguntaba ingenuamente una mujer, “¿Señora? Es señor… Lemebel, Pedro Lemebel, un autor chileno”, le corregía un joven que sostenía en sus brazos una obra del autor. “Ahhh”, la mujer se sorprendía. A pesar de no ser conocido en Perú, Lemebel fue escuchado y aplaudido con entusiasmo al recitar uno de sus poemas, dejando una atracción colectiva por leer más detalladamente su trabajo. Finalizada la conferencia, enseguida empezaba otra. La gente salía y entraba al mismo tiempo ocasionando un caos. “Orden. Salga de inmediato.”, la voz en off indicaba al confundido y acalorado público.

La feria seguía abierta a las nueve y media de la noche, pero algunos invitados ya se iban al igual que la gente que fue a verlos, unos con sus compras en las manos, otros sin nada porque ningún libro los convenció. Es decir, hay personas que les gusto la feria y a otros no los conmovió. Esperemos que para el siguiente año, de la feria salgan caras sonrientes con bolsas llenas de libros y con más ganas de leer. La del 2008 tenía para brindar mayor variedad.

2 comentarios:

AtomoPerdido dijo...

La FIL es un 'mercaducho' de libros-adorno. Un libro de hermenéutica de 120 soles ahuyentan a cualquier potencial comprador medianamente ilustrado. Quien logra conseguirlo, será para presumirlo en su ''biblioteca personal'', tras darle un vistazo general a las primeras páginas, sin terminarlo jamás.:P Mayoritariamente, en esta ''feria'', encuentras libros para los gustos menos exigentes. Que no hayas encontrado nada relacionado a Fontanarosa, y que el mocoso fronterizo haya adquirido un albúm de ¿Pokemón?, es un ejemplo palpable. Lo positivo son las conferencias organizadas, paralelamente a la venta de libracos.
Otra crónica bien lograda, sigue así, suerte ;)

Juan carlos vj. dijo...

En cierta forma graciosa me cuentas los eventos que hay en mi lima, la diferente.
SALUDOS.