jueves, 18 de diciembre de 2008

Qué vainas

Un correo me llegó la semana pasada. Obvio, a cualquiera le llega un correo de internet. Pero la diferencia de cada correo, es a dónde te llevan y qué aprendes con estos.

Qué vainas

Este correo era de una amiga de la universidad. Se trataba de una convocatoria de Topy Top que buscaba gente para su “Campaña navideña”. Ya que, en esta navidad, podíamos contar con ellos: “Ofrecemos excelentes condiciones remunerativas. Pago de horas extras.”

Me pareció chévere, así ganaba un poco de dinero; además tenía tiempo porque ya no realizaba prácticas en la radio. A parte de recuperar todo lo gastado en mi cortometraje. Y muchas otras cosas, tantas, que me dejaron misia. O sea, me venía bien el dinero.

Durante la siguiente semana, con mis amigas comentábamos si iríamos a averiguar sobre el trabajo: «Puchaa… pero yo recién puedo ir el 16, ese mismo día recojo mi DNI», les comentaba, ya que el requisito indispensable era el DNI. «A ya, entonces vamos el martes, a las diez. » «». Por medio de mensajes de texto al celular, acordamos ir juntas a la convocatoria.

Ese martes 16, me levanté tarde y no pude encontrarme a las diez de la mañana en Jirón de la Unión con mis amigas. A las nueve y media estaba en la RENIEC, por la Avenida Javier Prado, recogiendo mi nuevo DNI.

Llegué como a las once al lugar donde se hacía la convocatoria. Era al lado del Topy Top. Era una puerta desgastada, ploma, sucia y de metal; tres hombres con caras de borrachos conversaban allí. Me acerqué a ellos: «Buenas… ¿Aquí es la convocatoria para la campaña navideña? ». «¡¿Qué?! ». « ¿Si acá es la convocatoria para la campaña navideña? ». «Ahhh… ¿tu DNI? ». «Aquí está». «Pasa». Los tres hombres continuaban su conversación y yo ingresé a un depósito. Había dos chicos con sus polos de la tienda, se estaban pasando cajas. Y otro tipo me pidió mi documento.

Al fondo, subiendo las escaleras, y más al fondo: una habitación iluminada, una mesa larga que ocupada casi todo el salón. En una esquina, una señorita entrevistaba a los muchachos. En la mesa, varios chicos y chicas llenaban una ficha y dibujaban. Allí estaban mis amigas. Esperar un momento. Otro momento. Y otro momento. « ¿Tú también has venido recién? ». «Sí”. « ¿Y no te han dicho nada? ». «No». Trataba de no aburrirme preguntando a un chico vestido formalmente, pero sus respuestas secas y nerviosas me hicieron mantenerme callada hasta que nos llamaran.

Mis amigas se fueron porque terminaron el test. Solo quedó una de ellas. Me senté a su costado y comencé a llenar la ficha: « ¿Algún pariente en la CIA? No. ¿Tus padres dependen de ti? No. Experiencia laboral. Estoy de acuerdo y todo lo escrito. Es verdadero», leía en voz baja.

Luego de la ficha, debía dibujar una persona y contar una historia sobre ésta. Me acordé de las tantas veces que mis amigos y yo conversábamos sobre estos test sicológicos. Tuve en cuenta dibujar el piso, el fondo – era una ciudad - las manos, ojitos, cejitas, orejitas, que nada le falte al dibujo. Escribí un cuento común y corriente, para que me crean normal.

Mientras realizaba mis tareas de inicial, la mujer de relaciones públicas, una vieja que se creía joven por su forma de vestir, nos daba indicaciones: «Ustedes no trabajarán directamente para Topy Top, sino para nuestra empresa. El sueldo es de 550. – Qué bonito suena eso - pero como comenzarán a mitad de diciembre, sólo se le pagará la mitad del sueldo – la malogra, pero suena justo – el horario es de nueve de la mañana a once de la noche. No hay descansos, olvídense de navidad y año nuevo, el trabajo es full time. – qué atorrante, eso suena feo». Terminó de explicar, lo que según ella llamaba excelentes condiciones remunerativas. Yo comencé a observar lo mal que trataba a los chicos: apuraba, gritaba, ordenaba. Ya se creía nuestra jefa.

Finalmente comentó algo bueno de todo el fuego asesino que nos echó a los pobres e ingenuos jóvenes: «Si no están de acuerdo con las condiciones para la campaña navideña, ponen arriba de su ficha enero, y los llamaremos para esas fechas. ¿Tú no estás de acuerdo?, Estás pensando… rápido, ya van más de media hora con las hojas». Seguía mandando la vieja rubia. Reflexioné por un segundo. Escribí enero.

«Ya terminé”. Entregué la ficha. «Ahh… enero, entonces no es necesario que vayas a las charlas». «Gracias». La vieja no me respondió las gracias, atorrante. Salí de ese salón – laboratorio, me crucé con una fila de chicos con sus fichas esperando ser llamados. Mi amiga estaba en otro salón recibiendo charlas. Yo corrí para salir de ese infierno de trabajo explotador.

De nuevo en el almacén, sin que nadie atienda o nos indique dónde recoger nuestros documentos, esperaba junto a una chica medio emo. Pasaron unos veinte minutos hasta que salió un tipo. « ¿Sus documentos? Afuera, por el local». Entramos al local de Topy Top. Otra vez esperar la santa paciencia del hombre de seguridad: « ¿Su apellido? ». « ¡Schmitt! ¡S C H! », Soy práctica cuando no saben cómo se escribe mi apellido. Me dio mi DNI y me fui. “Tanta vaina”, puse en un mensaje de texto para una de mis amigas que ya se había ido cuando yo ingresé al salón - laboratorio.

Al día siguiente, en la universidad, un amigo con más experiencia en trabajos nos decía que eran unos explotadores. «No, qué vaina”. «Sí, pues». «Pero algunos necesitan y se meten en esos trabajos», opinaba otro amigo. «Al final entendí eso de los sueldos, el horario era de nueve a seis. Igual te quedabas a las horas extras hasta las once, pero el sueldo iba ser 320 soles aproximado”, explicaba mi amiga que se quedó a las charlas. «Asu… igual es poco», se sorprendía mi amigo. Vainas, mejor averiguo en librerías.






miércoles, 3 de diciembre de 2008

Lo podrido también sabe rico*


Ya llega el verano, es ideal para comer helados, de fresa y lúcuma; sobre un barquillo manoseado por una mano sucia. Ceviche, qué delicioso, con camote y canchita al lado, con esencia de pañales. Un anticucho jugoso, con su choclo y papitas, y seguro ahumado en orina de borracho. Comer es una actividad placentera, no saber lo que se come es un peligro.

Sopa de medias

Alimentos malogrados. Suficiente para que la policía en Bocanegra cerrara el local “Donde se come como en mi casa”. Sin embargo, en cualquier casa no se encuentran las medias colgadas sobre las ollas de las comidas preparadas. “Era para que sequen más rápido”, responde sin ningún cargo de conciencia - o de limpieza - Silvia Vega del Pozo, la dueña del local.

Hígado frito, papa rellena, panchos, mollejitas a la parrilla. Cada uno a un sol. Son los precios módicos, los antojos al observar supuestas comidas deliciosas y los estómagos que rugen solapadamente, convencen a los individuos de soportar y comprar cualquier cosa - entiéndase literalmente “cualquier cosa” - con tal de que eso “me llene”.

La comida se pudre en el Centro.

Así, por el Jirón Caylloma en el Centro de Lima; una señora saca su parrilla y comienza a vender anticuchos a partir de las once de la noche. El lugar es una esquina bañada de orina: orina de borrachos, orina de drogadictos, orina de todos lo que pasaron por allí en todo el día. Aunque eso no fastidia a los comensales que se apoyan en las paredes para comer mejor.

Y por esos lugares y a esa hora, los negocios de comidas, más que nada frituras, salen de sus escondites y comienzan a vender. Señoras que estornudan sin taparse la boca, escupitajos minimizados al momento de gritar: “a un sol, a un sol” y monedas brillosas y negras entre el tenedor, la bolsita para llevar el pollo “broaster” y el agua para lavar los platos. Además de otros ingredientes indispensables como el sudor del cocinero y el humo de los autobuses.

Los ingredientes secretos

No solo las comidas infectadas existen en calles oscuras y peligrosas. A plena luz del día en la Avenida Perú, un puesto de cevichería abre el apetito de escolares que buscan almuerzo luego de terminar las clases. “Nuestro profesor nos advirtió: ese ceviche contiene heces”, cuenta una escolar. Y era cierto, los dueños del puesto cambiaban de pañal a su bebe en frente de los clientes, al lado de la comida, entre moscas y desperdicios del mercado.

Otro caso. “La chicha estaba heladita, y en vez de burbujas tenia gorgojos flotando en el líquido morado. Señorita, le dije, este tiene insectos. Te traigo otro, respondió solucionando el problema”, cuenta una joven sobre una de las tantas experiencias que tuvo en “Las delicias”, una dulcería ubicada también en la Avenida Perú, San Martín de Porres. Aún sigue en funcionamiento ya que nadie reclama y tampoco lo supervisan las autoridades.

“Jugando a la comidita”

Existen las leyes, las capacitaciones para quienes trabajan en un negocio de comida, la higiene se aprende en el hogar y el bienestar de cada uno parte del sentido común. Pero el hambre insoportable, el dinero que se debe ganar día a día y la economía de cada persona aguantan comidas que si no saben su origen no les afecta la salud hasta luego de algunos años, cuando el cuerpo ya no aguanta tanta basura.

Los monos cuando comen fruta, escogen las más frescas, las huelen y las observan, incluso las prueban un poco para saber si están en óptimas condiciones. Tal vez no haría mal aprender de los animales al momento de alimentarnos, demostraría que, al menos en teoría, somos seres de inteligencia superior; beneficiaría a la salud y comenzaría seriamente a erradicarse el problema porque con la comida no se juega.







* Esto no aprece una crónica, según mi opinión, pero tiene algunos elementos que se prestan para serlo.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Todos discuten

Caso 1:

Mi grupo y yo llegamos rápido a la avenida Arequipa y subimos al primer carro –en verdad fue el segundo- para ir de frente a la universidad: faltaba una hora para que comenzara la clase de Taller de sonido. A pesar de no haber almorzado bien, nos sentíamos satisfechos y emocionados porque al fin terminábamos el radiodrama. En eso, nos dimos cuenta que una discusión había comenzado:

–No señor, no voy a hablar con usted, no…-decía una chica enorme, blanca, con un piercing en la ceja izquierda y una gorra negra y pequeña encima de su cabello despeinado.

–¡Calla gorda, malcriada encima! –renegaba un padre que cargaba a su hijo casi dormido.

–¡Gorda grasienta! -intervino la esposa de rostro demacrado y pelo teñido.

Según lo que entendíamos, el hombre había cerrado la ventana del asiento de la joven sin pedir permiso. La muchacha, que no era nada pasiva, había abierto dicha ventana de nuevo. El padre reclamaba que cerrara la ventana porque su hijo estaba enfermo y el aire le haría daño.

–Por favor. Mira, adelante hay otros asientos, cierra la ventana porque a mi hijo le hace daño, por favor, te estoy pidiendo por favor -trató de llegar a un acuerdo el señor.

–Señor, ¿pero me va a dejar hablar? No me va dejar hablar –la joven se puso de nuevo sus audífonos–. ¡Entonces no hablo con usted!

El señor dejó a su hijo con la madre. Se levantó. Agarró el sombrerito curioso de la chica y lo botó por la ventana para luego cerrarla bruscamente.

Los pasajeros comienzan a gritar, tratando de detener a los contrincantes. El cobrador corrió por el sombrero que fue víctima de la discusión que pasó a ser una pelea injusta:

–Gorda de mier… –el señor iracundo la cogió del cuello.

–¡Suélteme, qué le pasa! –desconcertada, la muchacha comienza a defenderse mordiendo el brazo del furioso padre.

El chofer seguía manejando y el cobrador no volteaba para poner orden aunque sea con su mirada.

–¡Señor, suéltela! –Juan Pablo, mi enamorado, se levantó a separar a la joven rebelde y al señor descontrolado.

Yo, desde una esquina, temía que los dos cuerpos que luchaban se vinieran encima de mí. En tanto, el niño enfermo se despertó asustado.

–¡Qué ejemplo le da usted a su hijo! –decía mi amiga al otro lado del carro.

Al fin se soltaron y la muchacha se fue a un asiento más adelante.

–¿Así pide usted por favor? ¡Qué bonito! –le dije indignada al padre de familia y este se quedó callado.

Después de media hora, cuando ya se había calmado el ambiente dentro del ómnibus, le comenté a mi amiga: «Esto está bueno para escribir». «», coincidió en mi opinión.

Caso 2:

Saliendo de la universidad, mi enamorado Juan Pablo y yo caminábamos felices y tranquilos, hasta que…

–Amiguita, yo no soy de la calle, por favor… –se defendía una mujer gorda sentada en la vereda.

–Sí, pero yo he estado viéndote –le reclamaba una señora del negocio de llamadas por celular.

–Yo he venido acá, estoy tranquila… –insistía la mujer gorda.

Alejándonos, mi enamorado me pregunta: « ¿Por qué todo el mundo se pelea? ».

Nuestras conversaciones a veces llegan a hacer ilógicas y respondo como de costumbre:

–Porque se acerca navidad

–¿Navidad?

–Sí. La gente aprovecha para revalorar algunas cosas, como discutir.

Caso 3:

Diez y media de la noche. Dirigiéndome a mi casa en una combi que va por toda la avenida Angamos. Atrás un tipo en terno hablando por celular:

–¡Estoy harto que me hables de la otra, la otra, la otra… estoy harto!

Silencio y continúa discutiendo:

–Cómo te sentirías si yo estuviera todos los días diciéndote así… ¡Pero a mí sí! Bueno, amor, tenemos que hablar…

Llego a mi paradero y bajo.

Las personas tenemos días diferentes: unos alegres, otros tristes, algunos angustiantes. A veces, nuestros días coinciden y por eso veo seguido situaciones tensas, como que todo el mundo discute. O seguro tengo razón y es porque ya se acerca navidad.