jueves, 7 de agosto de 2008

El chiste del amor.

La línea Machu Picchu o también conocida como la 35, uno de los pocos carros que no lleva colores chillones, sino un azul opaco con franjas rojas y verdes; pasaba por el cruce de la avenida Aviación con Javier Prado. Una chica, no mayor de 27 años, subió un poco apurada y ansiosa. Se acomodó en los asientos desnivelados y deformes de la parte de atrás del carro. La mayoría de pasajeros conversaban por celular. Ella hizo lo mismo: “¡Ya estoy en el cine Aviación! Sí…”, mientras que hablaba, se levantaba de su asiento una y otra vez mirando fíjamente por la ventana. “¡Sabes qué… mejor ya baja!”, subía el volumen de su voz como una esposa histérica.

A ella no le importaba ni se avergonzaba por las miradas desconcertadas de los pasajeros sentados o parados en el carro. Prestaba más atención a lo que decía por celular: “¡Ya sal!”, colgó rápido. Se concluía que tuvo una discusión con su enamorado. Qué típico, pasa todos los días en el transporte público, al igual que un policía discuta con el chofer de una combi por una papeleta o una señora de edad se queje de que no la dejen en el paradero donde baja.

La gente retornó a su vida: la oficina, los archivos, ¿quieres más maní?, me avisas en San Borja Norte. La chica hiperactiva se volvió a parar de su asiento. Parecía que se dirigía a la puerta pero se detuvo en el camino. De nuevo sacó su celular de su cartera pequeña, negra y brillosa y comenzó a dar indicaciones: “Ya estoy por el gym… ¡Te he dicho que salgas! ¡Sal!”. Empezó a mirar a varias direcciones como si alguien se escapara. “Voy a sacar mi mano”. Mostró el brazo completo por una de las ventanas. Cualquiera la confundiría con una cobradora dando señales a los otros micros. Su codo chocaba con la cabeza de una mujer sentada a su costado, quien miraba con fastidio porque la habían despertado de su sueño.

Por restaurantes chinos, casinos de aladinos y faraones, y salones de belleza, la 35 pasaba rápidamente a pesar de no estar en carrera con otro de su misma ruta, lo cual ponía más nerviosa a la chica: “¡Ya! ¿Dónde estás? ¿Miras mi mano? ¿La miras? ¡Aquí, aquí!”. De repente, un chico alto, vestido con ropa de tonos oscuros, alzó la mano por la cuadra 30 de Aviación. Paró el carro. Ella, que ya había guardado su celular, lo recibió dentro del micro con una sonrisa sincera y los brazos abiertos. A su alreddor, señores de saco y corbata aguantaban una risa burlona, las madres miraban con asombro la situación y los niños trataban de entender como se logra que un conocido suba al mismo carro que tú.

La historia de suspenso y llena de tensión por el encuentro planeado finalizó con muchos besos y cosquillas en la cintura. Sucede que esta escena se repite, ya sea cinco veces a la semana o una solitaria ocasión al mes. ¿Está de moda? ¿Quiéren vivir como en sus películas favoritas? ¿Nunca se lo han preguntado las personas enamoradas cuánto son capaces al demostrar cariño? A nadie le interesa, como los personajes de este relato porque el chiste es ser lo más extraño y original posible. Asi, la pareja viajó feliz a su destino ridículo, romántico y rosado.

1 comentario:

AtomoPerdido dijo...

¿Está de moda? no lo he sentido. Probablemente, uno de esos días me toparé con esa escena...sacada de los guiones empalagosos de alguna telenovela de Televisa... Umm, no hablemos de estas escenas que rozan con el patetismo, mejor hablemos de esa mano que serviste como aperitivo en tu otro blog...¿Tienes instintos canibalescos? Eso es preocupante :S