miércoles, 3 de diciembre de 2008

Lo podrido también sabe rico*


Ya llega el verano, es ideal para comer helados, de fresa y lúcuma; sobre un barquillo manoseado por una mano sucia. Ceviche, qué delicioso, con camote y canchita al lado, con esencia de pañales. Un anticucho jugoso, con su choclo y papitas, y seguro ahumado en orina de borracho. Comer es una actividad placentera, no saber lo que se come es un peligro.

Sopa de medias

Alimentos malogrados. Suficiente para que la policía en Bocanegra cerrara el local “Donde se come como en mi casa”. Sin embargo, en cualquier casa no se encuentran las medias colgadas sobre las ollas de las comidas preparadas. “Era para que sequen más rápido”, responde sin ningún cargo de conciencia - o de limpieza - Silvia Vega del Pozo, la dueña del local.

Hígado frito, papa rellena, panchos, mollejitas a la parrilla. Cada uno a un sol. Son los precios módicos, los antojos al observar supuestas comidas deliciosas y los estómagos que rugen solapadamente, convencen a los individuos de soportar y comprar cualquier cosa - entiéndase literalmente “cualquier cosa” - con tal de que eso “me llene”.

La comida se pudre en el Centro.

Así, por el Jirón Caylloma en el Centro de Lima; una señora saca su parrilla y comienza a vender anticuchos a partir de las once de la noche. El lugar es una esquina bañada de orina: orina de borrachos, orina de drogadictos, orina de todos lo que pasaron por allí en todo el día. Aunque eso no fastidia a los comensales que se apoyan en las paredes para comer mejor.

Y por esos lugares y a esa hora, los negocios de comidas, más que nada frituras, salen de sus escondites y comienzan a vender. Señoras que estornudan sin taparse la boca, escupitajos minimizados al momento de gritar: “a un sol, a un sol” y monedas brillosas y negras entre el tenedor, la bolsita para llevar el pollo “broaster” y el agua para lavar los platos. Además de otros ingredientes indispensables como el sudor del cocinero y el humo de los autobuses.

Los ingredientes secretos

No solo las comidas infectadas existen en calles oscuras y peligrosas. A plena luz del día en la Avenida Perú, un puesto de cevichería abre el apetito de escolares que buscan almuerzo luego de terminar las clases. “Nuestro profesor nos advirtió: ese ceviche contiene heces”, cuenta una escolar. Y era cierto, los dueños del puesto cambiaban de pañal a su bebe en frente de los clientes, al lado de la comida, entre moscas y desperdicios del mercado.

Otro caso. “La chicha estaba heladita, y en vez de burbujas tenia gorgojos flotando en el líquido morado. Señorita, le dije, este tiene insectos. Te traigo otro, respondió solucionando el problema”, cuenta una joven sobre una de las tantas experiencias que tuvo en “Las delicias”, una dulcería ubicada también en la Avenida Perú, San Martín de Porres. Aún sigue en funcionamiento ya que nadie reclama y tampoco lo supervisan las autoridades.

“Jugando a la comidita”

Existen las leyes, las capacitaciones para quienes trabajan en un negocio de comida, la higiene se aprende en el hogar y el bienestar de cada uno parte del sentido común. Pero el hambre insoportable, el dinero que se debe ganar día a día y la economía de cada persona aguantan comidas que si no saben su origen no les afecta la salud hasta luego de algunos años, cuando el cuerpo ya no aguanta tanta basura.

Los monos cuando comen fruta, escogen las más frescas, las huelen y las observan, incluso las prueban un poco para saber si están en óptimas condiciones. Tal vez no haría mal aprender de los animales al momento de alimentarnos, demostraría que, al menos en teoría, somos seres de inteligencia superior; beneficiaría a la salud y comenzaría seriamente a erradicarse el problema porque con la comida no se juega.







* Esto no aprece una crónica, según mi opinión, pero tiene algunos elementos que se prestan para serlo.