viernes, 4 de junio de 2010

He vuelto a las andadas

Todo el tiempo que estuve ausente era porque tenía miedo de escribir quejas sobre mi trabajo, y a eso no quería llegar con mi blog. Pero, como se dice una cosa y se hace otra normalmente, escribiré un poco de ello.

Es triste e irónico cuando estás en un lugar donde cada día te exigen más y más, olvidándote de tus verdaderas metas, y es en ese punto en qué piensas y dices: “¿Y si renuncio? Pero tengo mucho por dar todavía”. Más me pegas, más te quiero.
No me gustaba quedarme más horas de lo debido, incluso una vez me hicieron faltar a mi taller de Dramaturgia. “¿Qué es eso?”, me preguntó uno de los practicantes ese día. ¿No sabes qué es dramaturgia? ¿No sabes qué es Dramaturgia y así te atreves a estudiar Comunicación?

Aprendí a locutar un poco, a escribir más rápido, a ser más fresca y sinvergüenza, a callar la boca cuando tenía que hacerlo, no confiar tanto en él o en ella, a no almorzar, a ver televisión basura – eso es lo que más extraño - , a editar en tiempo récord, levantar noticias, exagerar algunas situaciones, minimizar los problemas. Todo me sirvió, nada es bueno ni malo.

Al principio, crees que ese sueño hecho realidad era suficiente para decir que alcanzaste una meta más: “Sí, luchaste y ganaste”. Y me di cuenta, ya que trabajar en radio, lo que más quería siempre, se volvió mi infierno y a la vez mi amado lugar para olvidar la vida normal y problemática. Y el lunes pasado, cuando me lo quitaron, odié tanto y obvio, era impotente.

Ese día, después de las doce, noté la gravedad del asunto. Todos gastamos energías tanto en la producción como en preocuparnos por nuestro puesto. “Espero que el cambio sea para bien”, me decían. Yo simplemente escuchaba.

Sí, fue injusto, irrespetuoso, no profesional, nada ético. Botaron prácticamente a todos en la radio. A mí nadie me llamó, ni siquiera el dueño, para decirme: “Estás fuera. Out. Ya no más aquí. Recoge tus cosas. Never again”. No, nada. En cambio, los rumores, los chismes y las noticias se paseaban por celular entre colegas: “Cerraron el departamento de marketing, ya sacaron al jefe de producción”. Hasta en la noche no podía hacer algún plan a futuro porque desconocía si mañana había programa: “Ivoncita, ni te preocupes en ir, levantaron casi todos los programas”.

Qué mala leche, como diría mi amigo el español. Fue un baldazo de agua fría. Qué es esto, así es el trabajo, qué decepción. Tanto profesionalismo y ética que enseñan y nos meten en la cabeza: el hombre triunfa con la moral. Mentiras, el hombre ni siquiera se preocupa en triunfar, se preocupa en tener más dinero.

Los que se quedaron en la radio tal vez están acomodados, algunos no pueden irse ya que tienen hijos que mantener, otros, deudas por pagar - y espero que sean deudas coherentes y no de autos de lujo comprados solo por vanidad, pero, qué ingenua soy -.

Y para darme ánimos, la solución es que todavía soy joven: “¿Tú tienes hijos acaso?, ¿familia por mantener?”, me preguntaban. No la tengo, es cierto, pero puedo decir que mis problemas no se minimizan ante los suyos, tampoco el cambio me es diferente. Yo también tengo problemas, tengo deudas y ayudo a mi familia económicamente, ¿qué? acaso no se nota. Es que ustedes no saben cómo es mi vida.

Y ante todo esto provocado por mi despido inminente de la radio y mi piconería desmedida, lo mejor es que he vuelto a las andadas, a las historias de un mapache y eso nadie me quita de la noche a la mañana.

miércoles, 24 de marzo de 2010

LOS MÁS ODIADOS

« ¡Señora, señora! ¿Qué le parece que hayan destrozado su carro? ». Respuesta: «Me parece una maldita pen***jada, pe**a, ¿no te das cuenta?, estoy jo**da».

«Dime, ¿estás bien?, ¿por qué querías matarte? ¡Señorita, no se vaya, conteste la pregunta! ».

«Haber papito, dime, ¿cómo te violó?, ¿él qué te decía?, ¿dónde te tocaba?, ¿cuántas veces lo hacía?, ¿tu mamá lo sabía? ».

Tal vez es su trabajo y seguro en su imaginación les inquieta esa competencia sobre quién elabora, o escupe, la pregunta más ácida en la historia de las noticias. Supongo que alguno de esos vómitos se convierte en estupideces y otros son simplemente vergonzosos.

Por eso nos odian, porque nuestro trabajo es, como lo dijo mi amiga Katee, incomodar a las personas y mostrar esa cruda realidad.

Somos héroes de un día, y antipáticos por siempre.




sábado, 13 de marzo de 2010

La población económicamente activa

La PEA es una de las pocas cosas que recuerdo del colegio y debe ser porque me parece curioso como denominan al grupo de personas que trabajan, obvio, no se debe contar a los que alquilan sus casas, algo así me explicó mi profesor de Economía. En fin, si me equivoco, me corrigen, por favor.

A la PEA pertenezco yo. Soy miembro de un club muy aburrido y decepcionante: el trabajo como lo pintan en la carrera no es más que un inicio de torturas, que incluyen soportar a los divos sabiondos y tolerar ideas descabelladas que te hacen dudar si estos fulanos también estudiaron en la universidad o en el instituto al igual que tú, porque la ética está ausente.

Ya sé, ya sé, parezco una niña hablando mal de la sociedad, como toda una emo, una joven resentida que acaba de pelearse con sus padres. Pero vamos en serio, decepciona y cuando llegas a la cima supongo que debe ser peor y a la vez gratificante. Lo que trato de decir es que no se estanquen, a veces uno tiende hacerlo y no solo es por el sueldo, también es por miedo a saber si es la oportunidad o es un obstáculo más al cual pasar.

Población económicamente “Activa”: hay muchas personas que conozco que su única labor es renegar, otros agrandar la vanidad, algunos lamer los pies de sus jefes, y pocos que no saben qué hacer. Pero decir “activa”, podría ser muy discutible. Hay gente que se saca la mugre por tener éxito, otros tiene éxito porque les sobra la mugre.




A todos nos ha pasado y esta es mi versión ¿Cuál es la tuya?

domingo, 21 de febrero de 2010

Camarita amorosa

Hace años que no celebraba San Valentín. Es más, creía que era el peor día para verme con mi enamorado. Odiaba besarme y abrazarme y entrar en un ambiente rosa. Seguro era la vergüenza ajena, también los carnavales y obvio que sentarnos en una banquita en el Parque del Amor, chapando entre tanta gente que también se chapaba entre ellos.


Pero, como uno dice “jamás lo haré” y al final lo comete, yo salí el domingo pasado con Juan Pablo. La excusa, simplemente por orgullo para no decir que lo hacíamos porque nos morimos de amor, fue disfrazarlo organizando de una jornada periodística: él llevó su cámara para registrar momentos típicos del día de San Valentín y yo, con mi vestido floreado para la ocasión, lo apoyaba.


Antes que nada, y por ser verano y porque a Juan Pablo no le gusta mucho el pescado crudo, fuimos a comer un combo marino en un restauran que se esconde en la avenida Javier Prado: leche de tigre, conchas, chilcano, cebiche mixto y una jalea crujiente, todo por trece cincuenta nomás, caserito.


Después de tragar como mostros que cenan a una doncella del bosque perdido, iniciamos una caminata genial por la playa. Me sentía en Lomas de Lachay o en Marcahuasi antes de llegar al punto para acampar. La brisa era fuerte, el sol ya se escondía aburrido del día, y los dos nos reíamos de las ocurrencias que escuchábamos de la gente como: “Qué rico”, un chico miraba el trasero de su amiga, ella voltea al escuchar la frase. “Qué rica la raspadilla”.


Al llegar a Larcomar, buscamos solapadamente a esos vendedores insistentes que rompen la armonía del amor con sus malditas flores rojas, podridas y apestosas. Lo primero que vimos fue a una niña de aproximadamente seis diminutos años, ofreciendo peluches en forma de flores y con el discurso más novelero: “Cómprale una flor a la reina, para el amor de tu vida, ella se merece mucho más”. “¿Quién te enseñó eso?”, le pregunto. “Nadies”.


Y mientras una señora se queja porque en su barrio en Miraflores hay mucha gente extraña, los dos seguimos buscando a esa vieja que se hace la víctima para que le compres un chocolate Princesa. Y por fin, paseando un rato, se acerca una señora con rosas sintéticas y le ofrece a Juan Pablo. Error, pobre mujer, Juan Pablo sacó de su bolso la cámara y comenzó a perseguirla por medio de Larcomar disparándole las preguntas ácidas que habíamos craneado: “¿Señora, no siente que interrumpe a las parejas? Señora, ¿alguien le ha dicho que es alérgico a las flores?”·


Yo contemplé el show, todas las parejas se rieron, y creo que esa señora, de piconería, les dijo a todos sus colegas qué habíamos hecho, y durante toda la tarde, nadie se nos acercó a ofrecernos una bendita flor, algún peluche o un chocolate. Así que ya saben cuál es la solución para evitar a estos empalagosos vendedores durante los catorce de febrero: lleven una cámara.


Si quiere ver el video de este día, haga clic aquí.




miércoles, 10 de febrero de 2010

De sorpresa (Me agarró de sorpresa)

La prueba única, la que no puedes fallar, la que nunca te avisan, la que jamás te esperas: demostrar que eres capaz. En mi caso, mi productora no fue al trabajo y yo: « ¡No…! Recién estoy una semana (grito de guerra) ».

Coger mi cabeza con la dos mano y cerrar los ojos: «Tú puedes, sí la hago… (Grito de guerra otra vez) ». Volví a la realidad: llamar a las conductoras para coordinar. «Aún estoy desayunando», espérame un toque, ok, todo tranquilo, normal (carita feliz).

Y después de hablar sobre la pauta: « Audios, necesito audios. Maldita sea, la compu se loqueó, (grito de guerra por tercera vez). Este programa de edición se cuelga, a la otra máquina».

Correr a la computadora 1 a la computadora 2. De la 1 a la 2. De la 2 a la 1. 1, 2, 2, 1, 2. (Grito de guerra parte 4) «Las computadoras se lentejea». Correr, correr, correr: « ¿José Luis, estás ocupado? (grito de guerra) ». José Luis edita bacán, José Luis superhéroe.

« ¿Cómo va todo? », pregunta por teléfono el productor general, «Bien, no hay problema», segura de mí misma.

Casi listo, casi listo.

Listo.

9:27 de la mañana, hora de entrar a cabina.

Las noticias del día aún siguen.

Y comenzó el programa.

(Grito de guerra V)


(rosadito por el día cursi, jor - jor)