sábado, 13 de marzo de 2010

La población económicamente activa

La PEA es una de las pocas cosas que recuerdo del colegio y debe ser porque me parece curioso como denominan al grupo de personas que trabajan, obvio, no se debe contar a los que alquilan sus casas, algo así me explicó mi profesor de Economía. En fin, si me equivoco, me corrigen, por favor.

A la PEA pertenezco yo. Soy miembro de un club muy aburrido y decepcionante: el trabajo como lo pintan en la carrera no es más que un inicio de torturas, que incluyen soportar a los divos sabiondos y tolerar ideas descabelladas que te hacen dudar si estos fulanos también estudiaron en la universidad o en el instituto al igual que tú, porque la ética está ausente.

Ya sé, ya sé, parezco una niña hablando mal de la sociedad, como toda una emo, una joven resentida que acaba de pelearse con sus padres. Pero vamos en serio, decepciona y cuando llegas a la cima supongo que debe ser peor y a la vez gratificante. Lo que trato de decir es que no se estanquen, a veces uno tiende hacerlo y no solo es por el sueldo, también es por miedo a saber si es la oportunidad o es un obstáculo más al cual pasar.

Población económicamente “Activa”: hay muchas personas que conozco que su única labor es renegar, otros agrandar la vanidad, algunos lamer los pies de sus jefes, y pocos que no saben qué hacer. Pero decir “activa”, podría ser muy discutible. Hay gente que se saca la mugre por tener éxito, otros tiene éxito porque les sobra la mugre.




A todos nos ha pasado y esta es mi versión ¿Cuál es la tuya?

domingo, 21 de febrero de 2010

Camarita amorosa

Hace años que no celebraba San Valentín. Es más, creía que era el peor día para verme con mi enamorado. Odiaba besarme y abrazarme y entrar en un ambiente rosa. Seguro era la vergüenza ajena, también los carnavales y obvio que sentarnos en una banquita en el Parque del Amor, chapando entre tanta gente que también se chapaba entre ellos.


Pero, como uno dice “jamás lo haré” y al final lo comete, yo salí el domingo pasado con Juan Pablo. La excusa, simplemente por orgullo para no decir que lo hacíamos porque nos morimos de amor, fue disfrazarlo organizando de una jornada periodística: él llevó su cámara para registrar momentos típicos del día de San Valentín y yo, con mi vestido floreado para la ocasión, lo apoyaba.


Antes que nada, y por ser verano y porque a Juan Pablo no le gusta mucho el pescado crudo, fuimos a comer un combo marino en un restauran que se esconde en la avenida Javier Prado: leche de tigre, conchas, chilcano, cebiche mixto y una jalea crujiente, todo por trece cincuenta nomás, caserito.


Después de tragar como mostros que cenan a una doncella del bosque perdido, iniciamos una caminata genial por la playa. Me sentía en Lomas de Lachay o en Marcahuasi antes de llegar al punto para acampar. La brisa era fuerte, el sol ya se escondía aburrido del día, y los dos nos reíamos de las ocurrencias que escuchábamos de la gente como: “Qué rico”, un chico miraba el trasero de su amiga, ella voltea al escuchar la frase. “Qué rica la raspadilla”.


Al llegar a Larcomar, buscamos solapadamente a esos vendedores insistentes que rompen la armonía del amor con sus malditas flores rojas, podridas y apestosas. Lo primero que vimos fue a una niña de aproximadamente seis diminutos años, ofreciendo peluches en forma de flores y con el discurso más novelero: “Cómprale una flor a la reina, para el amor de tu vida, ella se merece mucho más”. “¿Quién te enseñó eso?”, le pregunto. “Nadies”.


Y mientras una señora se queja porque en su barrio en Miraflores hay mucha gente extraña, los dos seguimos buscando a esa vieja que se hace la víctima para que le compres un chocolate Princesa. Y por fin, paseando un rato, se acerca una señora con rosas sintéticas y le ofrece a Juan Pablo. Error, pobre mujer, Juan Pablo sacó de su bolso la cámara y comenzó a perseguirla por medio de Larcomar disparándole las preguntas ácidas que habíamos craneado: “¿Señora, no siente que interrumpe a las parejas? Señora, ¿alguien le ha dicho que es alérgico a las flores?”·


Yo contemplé el show, todas las parejas se rieron, y creo que esa señora, de piconería, les dijo a todos sus colegas qué habíamos hecho, y durante toda la tarde, nadie se nos acercó a ofrecernos una bendita flor, algún peluche o un chocolate. Así que ya saben cuál es la solución para evitar a estos empalagosos vendedores durante los catorce de febrero: lleven una cámara.


Si quiere ver el video de este día, haga clic aquí.




miércoles, 10 de febrero de 2010

De sorpresa (Me agarró de sorpresa)

La prueba única, la que no puedes fallar, la que nunca te avisan, la que jamás te esperas: demostrar que eres capaz. En mi caso, mi productora no fue al trabajo y yo: « ¡No…! Recién estoy una semana (grito de guerra) ».

Coger mi cabeza con la dos mano y cerrar los ojos: «Tú puedes, sí la hago… (Grito de guerra otra vez) ». Volví a la realidad: llamar a las conductoras para coordinar. «Aún estoy desayunando», espérame un toque, ok, todo tranquilo, normal (carita feliz).

Y después de hablar sobre la pauta: « Audios, necesito audios. Maldita sea, la compu se loqueó, (grito de guerra por tercera vez). Este programa de edición se cuelga, a la otra máquina».

Correr a la computadora 1 a la computadora 2. De la 1 a la 2. De la 2 a la 1. 1, 2, 2, 1, 2. (Grito de guerra parte 4) «Las computadoras se lentejea». Correr, correr, correr: « ¿José Luis, estás ocupado? (grito de guerra) ». José Luis edita bacán, José Luis superhéroe.

« ¿Cómo va todo? », pregunta por teléfono el productor general, «Bien, no hay problema», segura de mí misma.

Casi listo, casi listo.

Listo.

9:27 de la mañana, hora de entrar a cabina.

Las noticias del día aún siguen.

Y comenzó el programa.

(Grito de guerra V)


(rosadito por el día cursi, jor - jor)




sábado, 30 de enero de 2010

¡Habla bien!

¡Uuuuuhhh…! ¡Qué emoción! Un pasajero está discutiendo con el cobrador, tengo algo para escribir en mi blog.

- O sea, si yo… pero tú, cinco soles. – El pasajero lucha por su derecho

- Que… dos soles… la molina, pe. El cobrador tiene el poder dentro de la combi.

- Cinco soles, entonces, ¿si te doy, cobras? – No se deja vencer el pasajero

- Ya mano, la molina, pe. – Habla con gran seguridad el cobrador.

- Cinco soles…

- La molina, pe…

- ¿Qué dicen? – Yo, sin entender ninguna palabra que escupieron de sus bocas.

Y para matarla:

Es que no hablan catellao, pe – dice otro cobrador, en otra combi, otro día, cuando unos extranjeros le preguntaron dónde quedaba el Museo de la Nación.





sábado, 9 de enero de 2010

El último Santa Isabel


No sé si sea el último Santa Isabel que había en todo el Perú, pero para mí lo fue.

Lo “descubrí” cuando iba a la universidad. El pobre supermercado estaba abandonado y sucio, pero quedaba el logo que reclamaba un territorio. Ahora, es metro quien tiene estas tierras dominadas por su poder. Se siente como si te quitaran la infancia. Es una exageración fundamentada.

Y tocando el tema de la universidad, el ciclo pasado actué en un cortometraje, por primera vez fui directora en otro, y me quede hasta el día siguiente con Rosa editando el suyo.

Al terminar el trabajo en casa de Rosa, en el carro de regreso a mi casa, me caía de sueño literalmente, el chico de mi lado tal vez pensó que estaba borracha o me iba a desmayar que me ofreció un asiento que se había desocupado.

En casa, en vez de descansar bien, fui a la computadora a jugar. Ahora que hay vacaciones, se debe aprovechar los ratos libres. Y ese mismo día tenía que ir a la universidad para la proyección de los cortometrajes del curso.

En el viaje a micro, me di con la sorpresa que el último Santa Isabel que estaba por la misma avenida que el Cultural Peruano Japonés, por donde queda el Bausate y Meza al cual yo postule e ingresé, y donde he caminado bastante luego de divertirme con mis amigos en Arenales. El último Santa Isabel que yo veía siempre y quise alguna vez escribir algo bueno sobre eso, se había convertido en Metro.