Sobre autos, bomberos, policías, ambulancias y accidentes
Sábado por la noche. Nos encontramos con un amigo de mi colegio. Nos invitó a una reunión de sus amigos del club de Arenales, uno de ellos celebraba su cumpleaños. Su casa estaba cerca de la mía y no hubo problema para ir.
El departamento del cumpleañero estaba al lado del restaurante, frente al parque de naturaleza artificial, donde los patos a partir de las diez de la noche se pasean por las veredas y son vigilados con más cuidado por los guachimanes. Por mientras,nosotros esperábamos que llegara el dueño del santo.
«Ese de allí parece que nos está chequeando, si ven bebidas nos van a botar…», le comentaba sin mucho escándalo a mi amigo. Era extraño, aunque sea fin de semana, había muchos policías. « ¿O será que están cuidando que ningún loco cace a los patos que adornan la avenida Aviación? », comenzaba aburrirme y alucinar cosas extrañas.
De repente, la sirena de los bomberos se escuchaba de lejos, entre los árboles que invaden la calle. A la esquina se habían acercado más policías. El inmenso carro pasó. Nosotros movimos las cabezas siguiendo el camino que, con el sonido de la sirena, marcaba sobre la pista. «Por eso había muchos policías: estaban viendo que pasen los bomberos y la ambulancia», concluía mi enamorado.
Y tenía razón, un segundo carro de bomberos lo siguió y una ambulancia. Terminado, los taxis y microbuses avanzaron y el grupo de policías se retiró. Solo quedó el vigilante de patos. « ¡Vamos a cazarlos pues! », gritaban en broma uno de los chicos del grupo.
«Qué noche tan agitada», pensaba. Antes de encontrarme con mi amigo del colegio, regresábamos hacer una visita en grupo de la universidad. Por la avenida Javier Prado, casi antes de llegar a la avenida Aviación, un carro tuvo un accidente: parece que dio muchas vueltas porque quedó con el techo en el suelo. El carro de bomberos, la ambulancia y los policías preguntando a testigos asustados, interrumpían el tráfico.
El carro donde iba, que además de estar lleno, los pasajeros se reunieron al lado derecho del auto para ver algo que no se les cruza todos los días. Los pobres cuellos eran flexibles para lograr observar más el hecho. « ¿Tú has tenido un accidente de carro? », preguntaba mi amiga para hacer una introducción y contarme sobre su experiencia con su prima, la conductora del auto y que menos mal estaba en el asiento de atrás.
«Uhmmm, accidentes…», y se me vino a la mente las noticias de accidentes de ómnibus en las carreteras en provincia. A la siguiente semana, los noticieros solo hablaban de eso. «Yo nunca he sufrido un accidente de carro», le contesté esa vez.
El último día del año 2008, yo veía desde mi ventana en la avenida Aviación, todos los carros desesperados por llegar a su casita, a su reunión de amigos a su fiesta, a su romántica noche, a la playa, al campo, a cualquier lugar, que sea especial, antes de que el año se suicidara.
Esa noche, era como 28 de julio, día de la Canción Criolla, San Valentín, Navidad y otras fiestas más que alborotan las pobres calles, víctimas del entusiasmo de las personas, que, a comparación de los días comunes, pisan con mayor fuerza, discuten con el poste y gritan al perro.
Pasada las doce, los cuetecillos miraban por última vez el cielo, luego, eran reventados para celebrar un nuevo año. Cuando lleguemos al dos mil diez, diremos repetiremos las mismas frases: “ahora sí cambio”, “ahora sí cumplo mis promesa”, “ahora sí consigo novio”, “ahora sí consigo agarre”.
Y la noche se adornó de deseos, más que en Navidad y en cumpleaños, deseos que “ojalá se hagan realidad”, con un poco de dinero sí se puede. Las celebraciones siguieron, amanecieron esos cuerpos artificiales, urbanos y grises.
Me fui a dormir a las cinco y media de la mañana y desperté casi a las siete. Los invitados ya se habían ido y mi enamorado se acostó, sin antes decirme: “ya se fueron todos, comamos Kentucky”. Luego de dos horas de dormir. Unas tres horas de limpieza en la casa – es típico que alguien bote la jarra de trago, uno vomite por la ventana cuando el baño está ocupado y otro se saque sus zapatos para bailar como animal – luego de la limpieza por año nuevo, regresé a mi casa.
La ciudad era una maqueta: hecha de cartulina blanca, poca basura en las veredas y tan intacta. Poca gente transitaba, los carros con pocos pasajeros, el cielo sin sol fastidioso y brilloso y yo disfrutaba el primer día del año: era perfecto. Hasta ese borracho que subió al micro.
Lima parecía un pueblo lejano, ignorante del ritmo agotador de la vida moderna. El año comenzó siendo hermoso para mí.
Un correo me llegó la semana pasada. Obvio, a cualquiera le llega un correo de internet. Pero la diferencia de cada correo, es a dónde te llevan y qué aprendes con estos.
Qué vainas
Este correo era de una amiga de la universidad. Se trataba de una convocatoria de Topy Top que buscaba gente para su “Campaña navideña”. Ya que, en esta navidad, podíamos contar con ellos: “Ofrecemos excelentes condiciones remunerativas. Pago de horas extras.”
Me pareció chévere, así ganaba un poco de dinero; además tenía tiempo porque ya no realizaba prácticas en la radio. A parte de recuperar todo lo gastado en mi cortometraje. Y muchas otras cosas, tantas, que me dejaron misia. O sea, me venía bien el dinero.
Durante la siguiente semana, con mis amigas comentábamos si iríamos a averiguar sobre el trabajo: «Puchaa… pero yo recién puedo ir el 16, ese mismo día recojo mi DNI», les comentaba, ya que el requisito indispensable era el DNI. «A ya, entonces vamos el martes, a las diez. »«Sí». Por medio de mensajes de texto al celular, acordamos ir juntas a la convocatoria.
Ese martes 16, me levanté tarde y no pude encontrarme a las diez de la mañana en Jirón de la Unión con mis amigas. A las nueve y media estaba en la RENIEC, por la Avenida Javier Prado, recogiendo mi nuevo DNI.
Llegué como a las once al lugar donde se hacía la convocatoria. Era al lado del Topy Top. Era una puerta desgastada, ploma, sucia y de metal; tres hombres con caras de borrachos conversaban allí. Me acerqué a ellos: «Buenas… ¿Aquí es la convocatoria para la campaña navideña? ». «¡¿Qué?! ». « ¿Si acá es la convocatoria para la campaña navideña? ». «Ahhh… ¿tu DNI? ». «Aquí está». «Pasa». Los tres hombres continuaban su conversación y yo ingresé a un depósito. Había dos chicos con sus polos de la tienda, se estaban pasando cajas. Y otro tipo me pidió mi documento.
Al fondo, subiendo las escaleras, y más al fondo: una habitación iluminada, una mesa larga que ocupada casi todo el salón. En una esquina, una señorita entrevistaba a los muchachos. En la mesa, varios chicos y chicas llenaban una ficha y dibujaban. Allí estaban mis amigas. Esperar un momento. Otro momento. Y otro momento. « ¿Tú también has venido recién? ». «Sí”. « ¿Y no te han dicho nada? ». «No». Trataba de no aburrirme preguntando a un chico vestido formalmente, pero sus respuestas secas y nerviosas me hicieron mantenerme callada hasta que nos llamaran.
Mis amigas se fueron porque terminaron el test. Solo quedó una de ellas. Me senté a su costado y comencé a llenar la ficha: « ¿Algún pariente en la CIA? No. ¿Tus padres dependen de ti? No. Experiencia laboral. Estoy de acuerdo y todo lo escrito. Es verdadero», leía en voz baja.
Luego de la ficha, debía dibujar una persona y contar una historia sobre ésta. Me acordé de las tantas veces que mis amigos y yo conversábamos sobre estos test sicológicos. Tuve en cuenta dibujar el piso, el fondo – era una ciudad - las manos, ojitos, cejitas, orejitas, que nada le falte al dibujo. Escribí un cuento común y corriente, para que me crean normal.
Mientras realizaba mis tareas de inicial, la mujer de relaciones públicas, una vieja que se creía joven por su forma de vestir, nos daba indicaciones: «Ustedes no trabajarán directamente para Topy Top, sino para nuestra empresa. El sueldo es de 550. –Qué bonito suena eso-pero como comenzarán a mitad de diciembre, sólo se le pagará la mitad del sueldo – la malogra, pero suena justo – el horario es de nueve de la mañana a once de la noche. No hay descansos, olvídense de navidad y año nuevo, el trabajo es full time. – qué atorrante, eso suena feo». Terminó de explicar, lo que segúnella llamaba excelentes condiciones remunerativas. Yo comencé a observar lo mal que trataba a los chicos: apuraba, gritaba, ordenaba. Ya se creía nuestra jefa.
Finalmente comentó algo bueno de todo el fuego asesino que nos echó a los pobres e ingenuos jóvenes: «Si no están de acuerdo con las condiciones para la campaña navideña, ponen arriba de su ficha enero, y los llamaremos para esas fechas. ¿Tú no estás de acuerdo?, Estás pensando… rápido, ya van más de media hora con las hojas». Seguía mandando la vieja rubia. Reflexioné por un segundo.Escribí enero.
«Ya terminé”. Entregué la ficha. «Ahh… enero, entonces no es necesario que vayas a las charlas». «Gracias». La vieja no me respondió las gracias, atorrante. Salí de ese salón – laboratorio, me crucé con una fila de chicos con sus fichas esperando ser llamados. Mi amiga estaba en otro salón recibiendo charlas. Yo corrí para salir de ese infierno de trabajo explotador.
De nuevo en el almacén, sin que nadie atienda o nos indique dónde recoger nuestros documentos, esperaba junto a una chica medio emo. Pasaron unos veinte minutos hasta que salió un tipo. « ¿Sus documentos? Afuera, por el local». Entramos al local de Topy Top. Otra vez esperar la santa paciencia del hombre de seguridad: « ¿Su apellido? ». « ¡Schmitt! ¡S C H! », Soy práctica cuando no saben cómo se escribe mi apellido. Me dio mi DNI y me fui. “Tanta vaina”, puse en un mensaje de texto para una de mis amigas que ya se había ido cuando yo ingresé al salón - laboratorio.
Al día siguiente, en la universidad, un amigo con más experiencia en trabajos nos decía que eran unos explotadores. «No, qué vaina”. «Sí, pues». «Pero algunos necesitan y se meten en esos trabajos», opinaba otro amigo. «Al final entendí eso de los sueldos, el horario era de nueve a seis. Igual te quedabas a las horas extras hasta las once, pero el sueldo iba ser 320 solesaproximado”, explicaba mi amiga que se quedó a las charlas. «Asu… igual es poco», se sorprendía mi amigo. Vainas, mejor averiguo en librerías.
Ya llega el verano, es ideal para comer helados, de fresa y lúcuma; sobre un barquillo manoseado por una mano sucia. Ceviche, qué delicioso, con camote y canchita al lado, con esencia de pañales. Un anticucho jugoso, con su choclo y papitas, y seguro ahumado en orina de borracho. Comer es una actividad placentera, no saber lo que se come es un peligro.
Sopa de medias
Alimentos malogrados. Suficiente para que la policía en Bocanegra cerrara el local “Donde se come como en mi casa”. Sin embargo, en cualquier casa no se encuentran las medias colgadas sobre las ollas de las comidas preparadas. “Era para que sequen más rápido”, responde sin ningún cargo de conciencia - o de limpieza - Silvia Vega del Pozo, la dueña del local.
Hígado frito, papa rellena, panchos, mollejitas a la parrilla. Cada uno a un sol. Son los precios módicos, los antojos al observar supuestas comidas deliciosas y los estómagos que rugen solapadamente, convencen a los individuos de soportar y comprar cualquier cosa - entiéndase literalmente “cualquier cosa” - con tal de que eso “me llene”.
La comida se pudre en el Centro.
Así, por el Jirón Caylloma en el Centro de Lima; una señora saca su parrilla y comienza a vender anticuchos a partir de las once de la noche. El lugar es una esquina bañada de orina: orina de borrachos, orina de drogadictos, orina de todos lo que pasaron por allí en todo el día. Aunque eso no fastidia a los comensales que se apoyan en las paredes para comer mejor.
Y por esos lugares y a esa hora, los negocios de comidas, más que nada frituras, salen de sus escondites y comienzan a vender. Señoras que estornudan sin taparse la boca, escupitajos minimizados al momento de gritar: “a un sol, a un sol” y monedas brillosas y negras entre el tenedor, la bolsita para llevar el pollo “broaster” y el agua para lavar los platos. Además de otros ingredientes indispensables como el sudor del cocinero y el humo de los autobuses.
Los ingredientes secretos
No solo las comidas infectadas existen en calles oscuras y peligrosas. A plena luz del día en la Avenida Perú, un puesto de cevichería abre el apetito de escolares que buscan almuerzo luego de terminar las clases. “Nuestro profesor nos advirtió: ese ceviche contiene heces”, cuenta una escolar. Y era cierto, los dueños del puesto cambiaban de pañal a su bebe en frente de los clientes, al lado de la comida, entre moscas y desperdicios del mercado.
Otro caso. “La chicha estaba heladita, y en vez de burbujas tenia gorgojos flotando en el líquido morado. Señorita, le dije, este tiene insectos. Te traigo otro, respondió solucionando el problema”, cuenta una joven sobre una de las tantas experiencias que tuvo en “Las delicias”, una dulcería ubicada también en la Avenida Perú, San Martín de Porres. Aún sigue en funcionamiento ya que nadie reclama y tampoco lo supervisan las autoridades.
“Jugando a la comidita”
Existen las leyes, las capacitaciones para quienes trabajan en un negocio de comida, la higiene se aprende en el hogar y el bienestar de cada uno parte del sentido común. Pero el hambre insoportable, el dinero que se debe ganar día a día y la economía de cada persona aguantan comidas que si no saben su origen no les afecta la salud hasta luego de algunos años, cuando el cuerpo ya no aguanta tanta basura.
Los monos cuando comen fruta, escogen las más frescas, las huelen y las observan, incluso las prueban un poco para saber si están en óptimas condiciones. Tal vez no haría mal aprender de los animales al momento de alimentarnos, demostraría que, al menos en teoría, somos seres de inteligencia superior; beneficiaría a la salud y comenzaría seriamente a erradicarse el problema porque con la comida no se juega.